Archivar paraOctubre 31, 2007

Voz de un testigo

Por Magda Rescendis

Ahora soy yo quien te pide disculpas
y es que el tiempo ufano
me ha traído a tus pies nuevamente.

Me mire frente al espejo como la luna se refleja sobre el mar. Observe con delicada calma mi cuerpo y no logré ver ¿qué pasa con mi alma? La luna es testigo de sus claros destellos plateados, de la inmensidad de la tierra y de los tantos deseos que piden cada luna llena.

Yo no pude ver nada. Estoy sola, mi sombra ha desapararecido con la oscuridad de la noche y hoy al llegar el alba no ha vuelto. Al principio me acogió un miedo irrespirable que me congelaba. Después comencé a sentir desesperación. He buscado debajo de la botella con tapa de corcho, bajo la repisa de los santos; sí, esa de las innumerables veladoras que parecen un arcoiris. Incluso abrí el cajón de los recuerdos para ver si nuevamente se había tirado al llanto.

Pasaron largas noches y muchos días. Caminaba tranquila por la calle desierta. Las personas caminan lentamente y sin detenerse, todas con una idea fija en la mente, así que ninguna puede verme.

Olvide tus palabras hirientes y tus malas caras. Deseche cada recuerdo vago, no fuera ser que alguno se confundiera y te trajera al presente.

Ya sin sombra decidí olvidar. Coloque cada recuerdo en una bolsa negra; ya que tenía todos juntos, los metí en una caja de cartón y la cubrí con cinta canela. Es una caja de sueños no cumplidos. Finalmente la arroje a lo profundo del mar mientras repetía que nada me perseguiría más. Mis pies descalzos se marcaban sobre la arena y entonces decidí que era momento de comenzar.

Retome mi vida, cambie de casa, de amigos, de escuela y de sueños. No había nada que opacara mis días. Cada mañana despertaba inquieta por llegar a clases y desayunaba con mis nuevos amigos. Al pasar de unos días me reencontré con viejos amigos que siempre he querido. Supuse que caerían bien a mi nueva vida.

Esta maña es un tanto fría, escuche en la televisión que es un frente o algo así. No quiero vestir como esquimal y me pongo una sudadera. El día esta nublado, no sé si es mi culpa pero me siento triste. De regreso a casa. Aborde el camión con Damián y Perla, ellos son claro reflejo de nuestro sueño. Al mirarlos no pude evitar preguntar ¿Qué tienen ellos que nosotros carecemos? Sí, es que ellos lo lograron y nosotros mejor olvidamos. Se tomaron de la mano en una forma peculiar que no logro explicar pero que casi me lleva al llanto. Y es que de inmediato, la caja salió del mar, camino sobre mis huellas en la arena y poco a poco se escaparon los recuerdos.

Por si fuera poco, al abordar el otro camión encontré a un conocido de ambos. En un día normal me hubiese sentado en otro lugar pero la brisa refrescante del mar me llevó a su lado. Intranquila y molesta por recobrar lo negado, vi entrar a mi sombra. Casi brincó de felicidad, por fin regresaba a mi lado. Tanto tiempo buscando y esa infame vagando. Quise estrecharla pero justo en ese momento se estrelló el camión y ahora, ya no tengo manos.

Un privilegio. Simplemente… un estado de Gracia

“El silencio no existe… En el escenario habla mi alma y ese respeto al silencio es capaz de tocar a la gente, más profundamente que cualquier palabra”

“El mimo es teatro profundo responsabilizando al cuerpo y al movimiento a una máxima dificultad para hacer visible lo invisible. El mimodrama es gramática y lenguaje en el silencio de los mimos”
Marcel Marceau

Marcel vio la luz en Estrasburgo

un 22 de marzo de 1923 y su personaje mas famoso, “Bip” en 1947, un payaso con un suéter a rayas y con un maltratado sombrero de copa decorado con una flor (que representaba la fragilidad de la vida).

Las desventuras de “Bip” con todo lo que le rodeaba, desde mariposas hasta leones, barcos y trenes, en pistas de bailes de restaurantes, no tenían límites.

Con un fondo de cortina negra, su cara era fantasmal en apariencia, se tornaba como una de esas pestañas largas que quieren gritar o que quieren llorar o que quieren tornarse trágicas y dentro de sí esa cara blanca era una máscara multiforme de arrugas tristes, carcomidas, horadadas por el tiempo, más humana que cualquier alma hecha gironés en las zarzas agudas. La flaca silueta de Marcel podía hacer cosas fantásticas, siendo capaz de que, al separar frágilmente los dedos de manera taciturna, nuestro detenido respirar por algún milagro supiera de lo que él estaba hablando.

Su famosa idea, de que el silencio carecía de límites y que los límites los ponía la palabra, tuvo entonces más significado que nunca.

Su obra mas notable es la pieza “Joven, maduro, anciano y muerte”, del cual se ha dicho que “logra en menos de dos minutos lo que la mayoría de los novelistas no logran en volúmenes”.
Lograr que el público se silencie y observe, es una odisea muy difícil de alcanzar, pero Marcel sembró admiración y respeto en los ojos de los espectadores a lo largo del mundo, ahora que se ha despedido de los escenarios, seguiremos guardando silencio, ya que lo llevamos dentro de nuestro corazón.

Colaboro en intervenciones cinematográficas tales como: “Barbarella”, dirigida por Roger Vadim, “Shanks”, dirigida por Bill Castle, en donde fusiona su arte del silencio interpretando a un titiritero sordomudo. “Silent movie, película muda de Mel Brooks,” en la cual el único parlamento sería: ___ “No”.

El silencio de los bosques, el silencio del fin de la jornada, le llego sábado 22 de septiembre

del 2007 a la edad de 84 años.

Si hubo algo sublime y etéreo en un escenario, sin duda alguna se llamo Marcel Marceau.

Memorias del Tiempo… Día de muertos

Por Nallely Rosal

El festejo del día de muertos, es una celebración que mezcla la cultura prehispánica con la religión católica; ligado con el calendario agrícola prehispánico, esta fiesta se celebraba en vísperas de la recolección de la cosecha.

Los antiguos mexicanos consideraban que el dios Mictlantecuhtli (Dios de la Muerte), liberaba al hombre de sus penas. En ese tiempo la celebración tenía lugar en el mes de agosto, y había una segunda celebración para conmemorar a los difuntos en el mes de septiembre. En cuanto al catolicismo la fiesta de Todos los Santos (1 de noviembre) y de los Fieles Difuntos (2 de noviembre) aparece en el santoral desde el período comprendido entre los años 827 – 844 d.c. por acción del Papa Gregorio IV.

La festividad se adaptó a la fecha del catolicismo, nos dice Durán, que los nahuas colocaban ofrendas a los niños en el día de Todos los Santos y otras a los adultos al día siguiente, dejando de hacerlo en agosto, para aparentar que festejaban una celebración cristiana. Casi del mismo modo, los españoles heredaron de los celtas la tradición de celebrar el día 1 de noviembre dicha fiesta y así dedicar el mes de noviembre a las ánimas.

Cabe resaltar la visión que en tiempo prehispánico tenían sobre la muerte, a diferencia del catolicismo, para ellos lo importante no era la vida que llevaban, sino la manera en que morían, el paso después de la vida dependía de la forma de muerte, de ese modo los guerreros que morían en batalla, alzaban vuelo en forma de colibríes y mariposas alrededor del sol, los que perdían la vida en circunstancias relacionadas con agua, se creía, iban directo al paraíso de la eterna primavera, aquellos que morían siendo niños se dirigían al Árbol Nodriza, donde tenían leche fresca todo el tiempo; algunos iban al Mictlán, con sus nueve mundos subterráneos y fríos, donde se desvanecían paulatinamente hasta la quietud total.

El Día de Muertos en la actualidad es una festividad que partiendo de dos culturas que se mezclaron en tiempos de la colonia ha tomado un toque netamente mexicano, pues basta ver los detalles que se tienen. La muerte para el mexicano tiene un toque, por decirlo de algún modo pintoresco, no hace falta más que ver el trabajo de José Guadalupe Posadas con sus calaveras que aluden a la muerte con un toque humorístico; calaveras de chocolate que adornan las ofrendas con nombres de familiares o personajes famosos que aun no mueren, canciones populares que se componen a la bella “parca”, “huesuda”, “calaquita”, a “doña Catrina” y los tantos y tantos modos de nombrar a la muerte que la cultura mexicana tiene.

Dentro de los altares, de las cosas particulares que cada uno tiene se encuentran: fotografías de aquellos que partieron y guardan pacientes a que se les permita venir a tierra de vivos a convivir con sus familiares; veladoras, lámparas que les guían y alumbren el camino a casa, luces que los llaman a través de la oscuridad para que no pierdan el camino; queman incienso en bracerillos de barro cocido con el fin de purificar el ambiente; colocan imágenes cristianas: un crucifijo y la virgen de Guadalupe.

En platos de barro cocido se colocan los alimentos, estos son productos que generalmente ahí se consumen, platillos propios de la región. Bebidas embriagantes o vasos con agua o jugo de frutas. Panes de muerto, adornados con azúcar roja que simula la sangre.
Galletas, frutas de horno y dulces hechos con calabaza. Recipientes con agua para que las almas pudieran calmar su sed. El altar estará adornado con flores de cempasúchil, flor de jacalosúchil, de diferentes colores y la flor de muertos.

Se acostumbra colocar estos altares en un lugar de la casa y en las tumbas de los difuntos dentro del panteón. Hay lugares de México, donde se acostumbra llegar al panteón desde las 5 de la mañana, llevar mariachi, marimba, norteños, dependiendo del poblado y las posibilidades de los familiares.

En Oaxaca se realizan alfombras enormes hechas de flores a lo largo de las calles principales que representan un verdadero trabajo artesanal de la gente, en otros lugares grupos étnicos realizan ritos como sus antepasados para venerar a los muertos.

Es claro observar que se conservan detalles prehispánicos, quizá entre los más importantes los cráneos de calaveras hechos de azúcar y las flores como el cempasúchil, pero nunca dejamos de conmemorar a los que ya no están, aquellos que no se olvidar.

Ganas de abrazarte

Por Isela Cruz

Ganas de abrazarte, de tomarte de la mano, de caminar juntos por la calle, de andar sin miedo, sin la boca seca y el estomago lleno de ansiedad; sin las miradas por encima del hombro y observando el entorno buscando rostros conocidos, así es como me gustaría salir contigo, sin ser mi amante, sin ser mi novio, sin ser nada mas que ser quien eres, sin ser más que simplemente lo que tu y yo sentimos y nos decimos con la mirada, sin lastimar a aquel que ocupa el primer espacio en mi agenda y en mi corazón por el hecho de haber llegado antes a mi vida, así es como te quiero ver.

Quiero platicar tu existencia, me gustaría conocer la vida contigo, volver a asombrarme a tu lado, aprender a aprender de quien no se espera obtener nada, y sin embargo, te enseña la puerta alterna a las posibilidades que ya habías probado cerradas.

Es una lastima que aquel mundo no exista y que tendamos a jerarquizar las cosas, incluyendo lo imponderable, que estamos condenados a las sombras o a pasar con máscaras bajo las luces, y que debido a eso, y a mi pavor al fracaso, tu y yo nunca nos referiremos a nosotros mismos como lo que somos, y seremos amigos: porque aquella ansia de comerte el mundo y de saber qué me atrae de ti, es el ansia natural de un adolescente, que sé, se agotará en poco tiempo; que me cansarán tus ganas de aprender de mi por que una hoja seca como yo agota rápidamente sus recursos, y es precisamente ese miedo a la finitud y el hastío el que me orilla a no cruzar contigo la fina línea de la formalidad social, y mantenerte en ese lugar sin nombre en el que te he colocado, en el que eres seguro, y en el que en realidad, no nos podemos tocar.
Pronto, muy pronto reuniré valor al menos para decirte esto que ahora escribo y entonces probablemente adoptemos finalmente un nombre, seremos amigos, conocidos, dos personas que algún día se conocieron en el mejor de los casos, que platicaban increíblemente de sus vidas, que planearon caminatas por la ciudad y días bajo la luna, y que en esos esporádicos días en que se veían, podían derrumbar el mundo con sus risas, aunque nunca lograron que las piezas de su historia encajaran y vivieron al margen de eso que la sociedad llama un próspero noviazgo.

Que rico es ser una puta

Por Isela Cruz

Que rico es ser una puta, pero una verdadera, una que no tenga pasado y que saboree todas sus conquistas.

Pasar de boca en boca y no mezclar aquello que siempre trae problemas con lo carnal, disfrutar de morder labios desconocidos sólo por el simple hecho de ser labios.

Llegar a casa y poder ocuparme de cualquier cosa menos del otro, reír de las palabras enamoradas y los halagos que ya más bien saben a falsos; observar cómo se sorprenden al resbalar sus dedos por mi cuerpo, mientras yo estoy pensando en lo maravilloso que es tener el control absoluto de la situación, y más maravilloso aún, ver como ellos creen que lo tienen. Recibir mensajes cariñosos mientras otro lleva las palabras a hechos en el mismo instante. No atarse a nada, sonreír por lo inesperado que se vuelve cotidiano, conocerme a través de los otros sin que estos sepan que son solo una pieza más de mi propio rompecabezas amorfo.

Jugar a pegar brazos, piernas, cariños y palabras de mas de una persona, para que al unirlos, creen la sensación de hacer entre todos una sola persona…

Dejarse llevar por los besos y las manos hábiles sin pensar en el que dirán. Sin mirar realmente a los ojos a quien con sus manos reconstruye la ilusión del cariño y decir adiós por las mañanas o en la misma noche, tras haber sido participe de ésa acción que para estas alturas, dá lo mismo y se concede con la misma facilidad con la que salgo a caminar.

En realidad, no sé porque la sociedad señala a quienes tenemos la oportunidad de tener mas, insisto, que rico es ser una puta.

Romina (I)

Por Pamela Peñuelas

Romina sentada en la mecedora teje y desteje, pero no espera a nadie. Se levanta, camina, va a la cocina, toma agua, ve el reloj, regresa. Han pasado horas o días, no lo sabe pero tampoco le mortifica. Finalmente se decide, entra a su recámara, abre ese cajón que lleva tanto tiempo cerrado. Observa fijamente y con curiosidad lo que tiene ante si. Se decide por el negro deencaje, se desnuda frente al espejo y se queda contemplándose a si misma. Se toca un poco, como si temiera que algo se hubiese movido de lugar, se percata que así es. Comienza con el brasiere, tan francés como su nombre, aún recuerda el día que se lo regaló. Continua con las bragas, diminutas, siempre se sonrojaba al ponérselas, hoy no. Muy despacio, queriendo recordar se pone el liguero. Un par de medias negras de seda. Tacones de aguja. Volvió a mirar, en definitiva no se veía como hace algunos años.

Tomó el pequeño espejo y se miró, labial rojo pasión. Algo de rubor y rimel. Miró nuevamente el espejo, ahí estaba ella. Murmuró para sí: “el día es hoy sólo para mi, durante años use la mejor ropa interior para que alguien mas la disfrutara, pero hoy soy sólo yo”. En ese momento cerro la puerta de su cuarto, prendió una vela y se tiró en la cama.

Sábado

Por Isaac Lugo

Algo sucedió, fue el sábado, no entiendo muy bien porque… nadie me ha dicho cómo se supone que somos por dentro. El otro día mi prima Martha se cayó, es una tonta, el caso es que se raspó la rodilla y observé que le salió sangre, le corrió hasta el tobillo. Eso me hizo pensar que, no recuerdo golpe, caída, raspón, ni nada que me haya sucedido, no tengo cicatrices ni vestigio de algún accidente como Martha, que se cae a cada rato.

Y es extraño porque esa mañana… me levanté muy temprano a ver mi caricatura favorita. Al terminar, aún continuaban todos dormidos y bajé hasta el taller de mi papá que se dedica a ser carpintero.

Mi papá hace muebles.

Y es extraño… porque esa mañana.

No entiendo, algo sucedió, no entiendo.

Hace muebles y corta grandes tablas en su sierra circular, olvidó desconectarla. Accidentalmente tropecé y al sostenerme de la base de la sierra oprimí el interruptor sin poder detener la fuerza y la inercia sobre la dirección que llevaba mi cuerpo. Me fue imposible observar la sangre, y no entiendo por qué hoy es sábado y mañana, también. No recuerdo golpe, caída, raspón, ni nada que me haya sucedido.

Sólo recuerdo mi vista, fija, sobre el techo.

Me dejaste soledad

Por Beck

Me dejaste soledad, me dejaste un naufragio,
mi esperanza desolada, confundido mi interior.

Me dejaste soledad, enredada de recuerdos,
sumergida en tu veneno, confinada mi pasión.

Y no espero que regreses, ni siquiera que liberes,
lo que yo era hace tiempo,
o que borres esas marcas que le hiciste tú a mi piel.

Puedo vivir con ellas,
si tan sólo tú pudieras vivir con mi recuerdo,
si tan sólo compartiéramos las ruinas de lo que fue.

Pero te niegas al dolor, a una pérdida, a un fracaso,
niegas que a lo nuestro lo sofocaste sin mi abrazo,
tan sólo tú me dejas lo contrario de este amor,
dejándome la soledad entera, soledad que es de los dos.

Cicatrices

Por Beck


Un día mientras me encontraba de viaje acampando por las montañas. Luis, un joven de 27 años, perteneciente al grupo que había invitado mi amiga Ángela, preguntó mientras prendía la fogata, que opinábamos acerca de las cicatrices. Durante aproximadamente quince minutos la conversación giró alrededor de este tema, varios enseñaban sus propias cicatrices y contaban una breve historia de cómo había nacido ese pedacito de piel irregular. La mayoría de las personas encontró a estas pequeñas marcas como algo antiestético, e inclusive sombrías y repulsivas. La verdad es que durante ese rato yo me contuve de dar mi opinión pues sabia que muy pocos entenderían, de primera impresión, mi punto de vista.

Para mí, las cicatrices tienen un grado mayor de belleza que para la mayoría de la gente. Me gusta descubrir por accidente esos sellos en la piel. Pensar en el momento en que surgió. Cuando estuvo rodeado de dolor. Tener una marca accidental, es como una firma del destino en el tiempo, debo de confesar que cuando aumenta la confianza entre la cicatriz y yo, me embriago de una inocente plenitud al tocar aquel tropezón que dio el tiempo con la vida de la victima. Y si hablo de una victima es por que la mayoría de las personas, sienten como un castigo portar con aquella pincelada del destino. Para mi, esa persona, no se convierte en una victima, sino en alguien mas fuerte de lo que era, pues cualquiera que haya sido la causa de la cicatriz, estoy seguro que ha dejado un poco de sabiduría, una experiencia con estampa única. Sé que hablar así sobre la cicatriz de alguien puede sonar muy lírico, pero piensen tan solo por un momento que estas cicatrices no son en la piel, son en el alma o en el corazón. Para mi no existe distinción entre una cicatriz en la piel o en el alma. Será que la persona a la que he amado por siempre, me enseñó las similitudes, será por ella que hablo con tanto romance de las cicatrices.

Mi amada tiene dos cicatrices, que después de mostrármelas, sigo dudando si es a ella a quien amo o a las marcas de su ser. Una de sus cicatrices está en su mano izquierda, entre la palma y el dorso, va desde la mitad del dedo meñique, hasta la muñeca. Es precisamente en esta dirección, pues nació justo así, del meñique a la muñeca. Varias veces pregunté a la dueña los detalles del surgimiento de este pedacito de piel.

Mi amada tenía doce años y fue el tiempo quien se tropezó con su primer beso, para dejarle esa protuberancia que cada vez que escribe (pues es zurda) la siente rozar contra el papel y humedece sus labios e imagina oler a vainilla.

El recuerdo es su primer beso, pero quiero aclarar que las experiencias que deja una cicatriz no siempre están ligadas a la causa del accidente y para comprobarlo voy a contarles con mayor detalle: Mi pequeña antes de ser mía, (pues antes de la cicatriz no lo era, ya que no tenía la experiencia que la traería hacia mí) se encontraba sentada en un columpio y mientras aspiraba su propio perfume a vainilla, el niño S. (pues saber el nombre de quien beso por primera vez aquella cicatriz no es de mi importancia) le dio a entender que la quería recortando una florecita del pasto y tomándola tímidamente de la mano. Se besaron con fragilidad, el olor a vainilla aumentó, él separo sus labios y subió al columpio de junto.

Pasaron unas horas más en el parque, cuando iban de regreso a casa, ella resbaló con una piedra en la bajada de un montecito. Instintivamente apoyó las manos y justo debajo de su mano izquierda se encontró con un pedazo de vidrio que le cortó del meñique a la muñeca. El niño S. fue en su ayuda, pero ella lloraba amargamente mirando la sangre que brotaba de su mano, era una cortada profunda. Ella lloraba no solo porque le dolía, sino también porque sabia que llegaría tarde a su casa y su madre la regañaría una vez más, pues a esas horas y con semejante cortada, la madre (que era enfermera) la tendría que curar con sus propias manos, algo que mi amada sabía de sobra: su madre odiaba. Seguramente este odio por curar a una hija, siendo enfermera, surgió de cicatrices que desconocemos. El niño S. envolvió su mano con un pedazo de tela y beso con sumo cuidado la naciente cicatriz y volvió a besar a mi amada con la eterna seguridad con la que a ella desde entonces le gustaba besar.

Tal y como mi pequeña lo predijo, su madre curó con resentimiento la herida, tal vez es esta la razón por la que existe una mayor protuberancia en la cicatriz al llegar a la muñeca. Esta tierna niña cuya madre renegaba por darse el lujo del dolor a altas horas de la noche, intentaba contar la historia de su primer beso e inclusive pensaba que su madre se alegraría por saber que fue S. quien se lo dio, pues ella intuía que tenia cierto afecto hacia él. Pero tras repetidos intentos y tras haber cicatrizado la herida, ella no pudo contarle sobre su primer amor, ni sobre sus sueños.

Mi amada me confesó que se debía a que su madre y ella era totalmente distintas, algo que no le importaba, salvo en un detalle. Su madre no sabía lo que era la confianza. No le confiaba ni la más sencilla de las tareas, no le confiaba su sentir, ni su pensar, ni sus miedos. Y naturalmente una niña de doce años tampoco le podría confiar su amor y su vida a alguien que no confiara en ella. Esto lo pudo entender precisamente a causa del accidente del parque, por lo que cuando terminó sus estudios decidió partir de la casa de la madre y rentar un departamento en el mismo edificio en el que yo vivía.

La segunda cicatriz que yo amo fervientemente es más difícil de explicar, pues no es visible más que a los ojos de quien la ama. Es una cicatriz del alma, esta, a diferencia de la primera no tiene un punto preciso en donde empiece y un punto preciso de donde termine. Puedo decir que en el mes de Mayo se intensifica, como si brotara a la superficie, pero no me puedo explicar porque. Mi amada llora a causa de esta cicatriz, pero no recuerda el dolor que le ocasionó cuando nació, porque a veces creemos que estas heridas se curan solas y uno se olvida de ellas temporalmente. Pero mi amada llora mas por la experiencia que la cicatriz le dejó que por la causa, igual que la primera marca de su ser. El nacimiento de esta cicatriz resulta vago, pues a pesar de que le he preguntado detalles de su surgimiento, ella hace ver sus recuerdos imprecisos. Dentro de mí sé que en su memoria lo ve con claridad.

No la culpo por no querer contarme acerca de cómo se hizo esta cicatriz, pues el dolor retenido duele mas cuando brota a través de una cicatriz a medio cerrar, por eso trato de besarla con fanática devoción cuando me enseña por accidente su cicatriz, por que sé que a pesar de lo débil que se vea en el momento, es más fuerte que antes de que yo la conociera. Esta cicatriz del alma, la toco cuando estamos solos, mirándonos a los ojos, la toco porque ella me tiene confianza, al igual que yo confío en ella cuando alcanza mis cicatrices, consolando, acariciando, de la misma forma que yo lo hago. Sé de sobra que ella no me lastimará a propósito. Aunque recordemos que las cicatrices son accidentes del destino.

Su cicatriz tiene un dejo de nostalgia, me esfuerzo por entender como es que nació, si ella misma me platicó que era feliz con quien le causo esta marca. Pero no seria tan difícil de entender si lo pongo en referencia con la primera cicatriz. Uno no se pregunta por que le cortó el pedazo de vidrio a mi amada, uno sabe que lo hizo por que está en su naturaleza, porque esos bordes malformados en el vidrio (cicatrices) se hicieron con el tiempo, son lo que conforman al ser, además de coincidir con circunstancias determinadas, como la piedra en la bajada del parque. Claro que a mi no me hubiera gustado que mi amada sangrara con su primera cicatriz, pero ni siquiera S. que estaba a su lado y la quería, pudo salvarla. Y sobre todo que sin esa cicatriz ella no hubiera abandonado a su madre y no habría llegado junto a mí. Por eso respeto las cicatrices, no hay que ocultarlas, no hay que avergonzarse de lo que han hecho de nosotros. Tan sólo debemos de tener cuidado a quien se las confiamos y cuidar de las cicatrices que nos confían. Yo sigo tocando las cicatrices de mi amada con ternura cuando ella por accidente me las enseña. Pero sé que puede llegar el día en que el destino se tropiece con nosotros y ella me lastime con su esencia; pincelada que estoy seguro me dejará una bella cicatriz.

12 Agosto 2006

¿Por qué leer Sueños de Lot?

Israel Pintor

Ganadora del más reciente Premio Nacional Efraín Huerta, Eve Gil, bajo una gasa de presentación moderada, invita a complacernos de un texto divertido e, incluso, a primera impresión, satisfactorio para cualquier ingenuo(a) y devoto(a) de las visitas al púlpito los domingos. Bajo un nombre efectivo, agrupa tres estupendos cuentos inspirados con la más exquisita de las musas: ¡Ahora nos toca a nosotras! La mujer, disfrazada de otras tres, derrocha incansable talento e interminables y audaces pizcas de ironía, sobresaltos de altivez al delinear un modelo de fémina infinitamente más humano y real.

Sueños de Lot, se convierte desde su publicación, sin caer en panfletos feministas, en uno de los discursos más interesantes a la defensa del derecho a ejercer libremente la sexualidad de la mujer, dejando atrás el yugo y vocación de saberla inexistente, imposible, impensable…

Inspirado por la extrovertida película de Bertolucci, “Last tango reloaded” demuestra, sin lugar a dudas, ser el cuento más aventurado y desfachatado de los tres. Sin dejar atrás un solo segundo la intensa y hasta romántica historia de Aguamarina y Cronopio en “Kundera dixit”, mi favorito por mostrar con maestría la fenomenología del “amor” a raíz de Internet; suceso extrañamente relegado por muchas personas en pleno siglo XXI. Y “Vocación de Electra”, fresco de un caso, me atrevo a llamar clásico, en toda relación amorosa experimentada por una mujer contemporánea.

Incisiva, sin perder el tono de mujer fatal, adornada no tan escrupulosamente por una prosa pulida y bien lograda, llena de AMOR (qué tipo de amor o cómo interpretarlo es lo difícil y retador), Eve Gil es definitivamente una autora capaz y valiente. Excelente opción de lectura para cualquiera, recomendada particularmente a lectores de criterios amplios, aventureros y nada pudorosos. El plus está en su extensión, breve, sin demérito alguno.