Archivar paraCuento

GRITAR

Por Francisco A. Avila

Si tan sólo dejaran de gritar. Si esta almohada tuviera la capacidad de aislar las voces. Pero es imposible. Si ni las paredes contienen la trayectoria de sus palabras ¿de qué me sirve una almohada?


La casa está llena de un humo gris, gris azul, gris negro, gris rojo: siempre gris que me asfixia, que se nos enreda por el cuerpo y lo llevamos a todos lados.


No importa que él se haya ido, los gritos siguen porque ella está rota: como yo: como ellos, deseando que la cara se fusione con la almohada, que éstas gotas saladas…

pero, mejor lo dejo, no puedo escapar, de nada sirve llorar…

me aferro a pensar que yo en esa historia no tengo nada que ver…

pero sigo roto.


Todos nos partimos y lo que hay aquí de nosotros son sólo piezas, mijagas de un todo que quiere cobrar vida propia, muñones irreconocibles…

ni siquiera nos conocíamos.


Las tripas exigen trabajar, hace ciento ochenta y siete días que él no grita, hace siete días la luz no encendió, hace tres días ella se autoapagó…

y ahora ya nadie grita…

sólo me muevo despacio, dejo que me lleven también, junto a mi humo gris multicolor y la almohada que guarda el dolor.


Todo ocurre en un instante, yo sigo ausente…

dicen que él, con otra ella y otros yo, disfrutan en el parque…

mientras, ella me esperará, en algún lugar donde nadie vuelva a gritar.

ENTELEQUIA

Ejecutan un ritual y ven salir personalidades falsas
disfrazadas de su identidad. Dual infinidad

“1-800 Dual”. La ley

La conoció una noche en que buscaba volver realidad lo que él creyó sólo una fantasía. Recorrió las calles de su nueva ciudad, una ciudad donde nadie sabía de él, en la que creyó encontrar el anonimato necesario para saciar su deseo; un deseo que lo carcomía, que se había convertido en su sombra, que le quitaba el sueño y que nadie había podido borrar. Encontraba inverosímil que una fantasía, una pasión que no encontraba fuga, lo hiciera tan infeliz, que se sintiera tan vacío. Tal vez era porque en el fondo se negaba a llevarla a cabo, su cuerpo entero lo anhelaba, pero su mente lo reprimía; toda su educación, todas las normas y valores que le inculcaron le decían claramente que lo que buscaba era inconcebible.


Sus labios eran como los de cualquier mujer que hubiera besado. Eran carnosos y húmedos y con el sólo roce de sus labios en los suyos experimentó una de las más fuertes y excitantes erecciones que pudiera recordar. Separaron sus labios y él recorrió con la lengua su cuello, su oído. Su lengua era una serpiente en brasas, caliente y feroz, ávida por recorrer hasta el último recoveco de su cuerpo; si fuera posible, de su ser. Con manos torpes la despojo de la blusa, del sostén de encaje negro que sostenía aquel par de tetas firmes que él se apresuró a acariciar, a apretar, para luego apresar los pezones, primero con dedos suaves y tibios que dieron paso a sus labios, que comenzaron a chupar y mordisquear aquel seno sin néctar: su singular feminidad.


Mientras tanto ella le quitaba la camisa, y pasaba sus largas y delicadas manos a través de su pecho, por su torso completamente cubierto de vello, ella jugueteó con manos, labios y lengua en aquel espacio que la provocaba tanto. Le quitó el cinturón y lentamente; gozando del estremecimiento que sentía y veía en él, de hacer de esa espera algo agonizante pero lleno de placer, bajo el cierre del pantalón. Sin mayor preámbulo se deshizo de la ropa interior y acaricio aquel miembro en todo su esplendor; un miembro que era enteramente suyo en aquel momento y que aprovechó y disfrutó como si fuese la última vez que estuvieran juntos; lo besó, lo envolvió su boca experta, que lo devoraba y de la que él no podía ni quería escapar.


Esa noche fueron uno solo, como en tantas otras ocasiones a lo largo del último año. Se embriagaron de besos y caricias, de aquel elixir que emana del cuerpo cuando el placer nos hace convulsionar, eriza la piel y nubla la vista; cuando el mundo pierde su dimensión: sólo eres conciente del sublime goce de tu cuerpo, sólo vale ese instante en su efímera eternidad.


Después de cinco años de matrimonio, su esposa no calmaba ese apetito carnal, ese sueño que lo volvía loco. Ella, su esposa, sólo era un adorno, una acompañante para las cenas de oficina y las comidas familiares. Su cama se había convertido en un punto de reunión cualquiera, como la sala o el comedor. El sexo era un mero formalismo, que él cumplía porque era hombre y eso hacen los hombres.


Su esposa, sólo recibía migajas. Y ella, que lo seguía amando aguantaba su egoísmo, su indiferencia, las escasas demostraciones de afecto, su frialdad en la cama; todo por amor. Pensaba que esa era la forma en la que él la amaba, y que algún día lograría que la amara de la misma forma que ella a él. Su mayor deseo como mujer era un bebe, pero él siempre decía que no estaban listos, que él no se sentía preparado para una familia. Así que un día, ella se decidió, por primera vez en su vida, a tomar una decisión egoísta, hacer lo que le nacía y afrontar las consecuencias. Seis meses atrás se dejo de cuidar, y ahora sabía, horas antes de aquella llamada, que sus sueños de maternidad se realizaban.


El teléfono sonó alrededor de las siete p.m. ella contestó creyendo que al ser viernes él la llamaría para decir, como ya se estaba haciendo costumbre, que iría a tomar unos tragos a casa de su mejor amigo y que talvez no llegaría; pero al alzar la bocina la voz que salió de ahí no era la de su marido, era una voz femenina, una voz desconocida para ella, y que lenta y maliciosamente le dijo en susurro: tu marido pasará la noche conmigo, yo le daré lo que jamás podrás ofrecerle, el es mío, nos amamos y escucha bien, te va a dejar.


No supo ni siquiera como puso en su lugar la bocina del teléfono. No podía pensar claramente, mil y un cosas le venían a la mente como fuegos artificiales, ningún pensamiento estaba claro, sólo sabía que aquella llamada no era una broma. De repente fue conciente de que su marido, siempre frío, hacía meses que no sólo faltaba los viernes, que cualquier día tenía trabajo extra en la oficina, que tenía congresos y quien sabe cuantas cosas más por los que se ausentaba durante fines de semana enteros; hacía meses que ella era quien tenía que provocar y buscar el sexo con él. Fue entonces cuando el odio la cegó, tomó las llaves del auto y salió a buscarlo, sabía que salía a las ocho de la oficina. No sabía lo que iba a hacer, en su cabeza y sus vísceras sólo había cupo para el odio, el rencor, la frustración y un solo pensamiento: cómo pudiste hacerme esto a mí.


Espero paciente y destruida afuera del estacionamiento de la empresa en la que él trabajaba, en cuanto lo vio salir comenzó a seguirlo; cómo pudiste hacerme esto a mí, era lo único que se repetía, que le quería gritar, que ya desde ese momento le gritaba con el corazón hecho añicos. Él se detuvo frente a un edificio de departamentos; estaciono el coche en la acera de enfrente y bajo con un ramo de flores y una botella de vino, cruzó la calle y se metió en el edificio. A ella ya no le cabía la menor duda, la llamada era cierta, él iba a verse con aquella mujer. Un escalofrió recorrió su espina dorsal, el odio y la decepción eran más grandes que ella, algo que no podía controlar, que no sabía manejar, ni siquiera sentía las lagrimas que escurrían por sus mejillas.


Cuando él salió de aquel departamento sintió de nuevo esa culpa que le pesaba en los huesos, una culpa de la que no podía deshacerse. Lo volvía a invadir ese miedo que le provocaban sus actos, de los que nunca creyó ser capaz, que ni el mismo se podía explicar. Para él ya no había duda, cada célula de su cuerpo amaba aquella entelequia de mujer que dejaba atrás. Y él estaba seguro que ella sentía lo mismo, esa misma noche, le había propuesto que se mudara con ella, que dejara todo para estar juntos. Ese todo él sabía que era su esposa.


A mitad de la calle, decidido a regresar a su casa por sus cosas y dejar a su mujer, vio un par de luces que lo cegaron, oyó el chirrido de los neumáticos, luego ya no hubo nada.

Por Francisco A. Avila

ALMA

Por Isaac Lugo

Realmente me tope con una muñeca, su pelo largo de colores en tonos rubios y castaños, sus enormes ojos claros como el tinte de la miel y las pestañas con ligera máscara que aumenta su tamaño. Una mirada fuerte fue el primer pretexto, mirada que resistí hasta encontrar el brillo con el que sostuvo un mechón de su cabello entre las manos y después entre sus dedos, en ese instante me di cuenta que para ella existía. Estaba presente en el silencio, me convertí en el reflejo de un instante que sin duda me era preciso, por cuanto asombro me produjo su belleza, alargar.

Se sentó a mi lado y descubrí una sonrisa, segura de sí paso la lengua por encima de sus labios y me atreví a tomar su mano recargada sobre su pierna cubierta por la ceñida mezclilla de su pantalón. Pude ver entonces una nueva sonrisa.

Aprendí un nuevo lenguaje en el que no necesitaba el uso de palabras, bastase con gestos y pequeñas caricias, ligeros roces y el contacto con su piel fueron los versos que en el momento le compuse sin saber siquiera cuál era su nombre.

No tuve curiosidad por preguntar nada y ella con un tierno beso me explicó que le complacía conocerme y aún, después de eso, nadie pronunció nada. Comencé a comprender que entre ella y yo las palabras no tenían ningún sentido y a pesar que de ella físicamente nunca escuchare su nombre, sé que la voz de su ser, carente de sonido alguno es la más hermosa que he podido descifrar, su intensidad y volumen se encuentran en sus manos, en sus gestos, sus caricias, en sus besos.

Nadie me ha dicho cómo se llama, no importa, sus padres intentaron en una ocasión decirme su nombre pero se los impedí. En el silencio para mí, se llama Alma.

ATEMPORAL

Por Beck


Te amé durante la guerra, en los campos de concentración, también cuando fuimos esclavos y lograba mirarte en la madrugada mientras descansábamos del trabajo que nos imponían los blancos. Te amé en el romanticismo con intensos poemas y dramáticas pinturas. Te amé en el baño de una estación de tren rumbo a Madrid. Te amé en un jardín de niños, también en lo más profundo de océano mientras el abismo nos devoraba.
Te amé en la casa de tu primo mientras él tocaba el violín y nos explicaba en francés las cuestiones de la revolución. Te amé en la inquisición, te amaré si no hay océanos. Te amé bajo el cielo de Florencia, te amaré no importa el tiempo y el espacio. Sé que lo he hecho, estoy segura de que lo seguiré haciendo.
Te amé en mi otra vida de trapecista, te amaré de nuevo en tu cuarto oscuro. Porque eres los hombres de mi vida; los de mis vidas entrecruzadas, el de mi infancia, el primero, los futuros, los ridículos, los pasionales, los dolorosos, los trágicos, los tímidos, el único, el todo, el último. El que por difícil que sean los tiempos me sabrá amar.

MEMORICÉ

Por Beck

Memoricé cada centímetro de tu piel, en mi mente aún mis manos te recorren, tropezando con tus lunares, deteniéndome en las comisuras de tu ser. Sólo tengo que cerrar los ojos para sentir de nuevo tu cuerpo, que conozco mejor que el mío, que me deleita los ojos, la mente y la sangre. Cuerpo que traigo en las yemas de mis dedos, con los que te dibujo entre sabanas, con los que toco mis labios para probarte con la punta de mi lengua. Y siento como cada curva de tu piel se ajusta a la mía, como suavemente se llena el hueco de mi cintura con las microscópicas caricias que me das cuando nuestros cuerpos rozan, cuando el espacio entre los dos se vuelve nulo. Y sé que si no fuera por aquellas gotas, ni el recuerdo, ni tú, se despegarían de mí.

Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos

De Boris Pilniak*

(Primera parte)

Conocí en Tokio por casualidad al escritor Tagaki-san. Nos presentaron en un círculo literario japonés, aunque después no volvimos a vernos; he olvidado las pocas palabras que allí intercambiamos, y de él sólo me quedó la impresión de que había estado casado con una rusa. Era verdaderamente sibuy (sibuy en japonés equivale a chic; su sencilla elegancia era algo que muy pocos logran poseer); extraordinariamente sencillos eran su kimono y sus ghetta (esa especie de coturnos de madera que usan los japoneses en vez de zapatos), llevaba en la mano un sombrero de paja, sus manos eran bellísimas. Hablaba ruso. Era moreno, de baja estatura, delgado y hermoso, si es que a los ojos de un europeo los japoneses pueden parecer hermosos. Me dijeron que había alcanzado la fama con una novela en la que describía a una mujer europea.

Se habría borrado ya de mi memoria, como tantos encuentros ocasionales, a no ser…

En el archivo del consulado soviético en la ciudad japonesa de K. me cayó entre las manos el expediente de una tal Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki, quien pedía la repatriación. Mi compatriota, el camarada Dyurba, secretario del Consulado General, me llevó a Mayo-san, el templo de la zorra situado en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de K. Para llegar allí es necesario tomar primero un automóvil, luego el funicular, y, al final, continuar a pie entre bosquecillos que crecen sobre las rocas hasta la cima de la montaña, donde había un espeso bosque de cedros, en medio de un silencio sólo turbado con el infinitamente triste tañido de una campana budista. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. A la sombra espesa de los cedros, sobre la explanada de una roca cuyos tres costados caían a pico sobre un desfiladero, surgía un templo con aspecto de monasterio, en cuyos altares reposaban las zorras. Reinaba un silencio profundo; desde allí se abría el horizonte por encima de una cadena de montañas y sobre el inmenso océano que se perdía en la infinita lejanía. No obstante, encontramos una pequeña fonda con cerveza inglesa fresca no muy lejos del templo pero a mayor altura todavía, desde donde era visible también el otro flanco de la cadena montañosa.

Bajo la acción de la cerveza, al rumor de los cedros y frente al océano, dos compatriotas pueden conversar bastante bien. Fue entonces cuando el camarada Dyurba me contó una historia que me hizo recordar al escritor Tagaki y que me hace ahora escribir este cuento.

Aquel día en Mayo-san reflexionaba yo sobre la manera en que se escriben los cuentos.

Sí, ¿cómo se escriben los cuentos?

Aquella misma mañana saqué el expediente en que Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki desarrollaba su biografía desde el momento de su nacimiento, pues no había comprendido bien el instructivo según el cual todo repatriado debe proporcionar sus datos biográficos. Para mí, la biografía de esta mujer comienza en el momento en que el barco llegaba al puerto de Suruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a la de millares y millares de mujeres rusas de provincia, cuyas vidas podrían perfectamente escribirse con un método estadístico —monográfico— de conducta, porque se parecen como una cesta a otra: la cesta del primer amor, los sufrimientos y alegrías, el marido, los pequeños engendrados para bien de la patria, y tantas otras cosas…

*Gracias a Héctor Manjarrez por compartir conmigo este cuento

Repartamos las Culpas

Me acaba de salir una verruga en la comisura del labio, supongo que debo dejar de besar sapos. Mi madre siempre dijo que debajo de la piel de un sapo puede haber un príncipe escondido. He tenido cuidado, hasta tengo un sistema: tamaño, color, olor y hasta sabor, cuenta de banco, censo de población y vivienda, intenciones, sentido del humor, antecedentes penales, estado civil, grado de neurosis y por supuesto grado de analfabetización. No he dejado piedra sin voltear, pero no ha funcionado bien del todo, no sólo me salió una verruga, además sigo sola.

Estoy considerando cambiar de sistema, quizá sea mejor que busque un sapo en la piel de un príncipe, de esos hay mas, por lo menos harían montón. Como a todas las mujeres desde niña me contaron el cuento del príncipe y me lo tragué. Lo que jamás me dijeron es que los príncipes no sólo están en extinción, y debajo de pieles de sapo sino que además suelen ser demasiado comunes para mi gusto. Unos sin pelo o con poco, viejos, jóvenes, malhumorados, echan flatulencias y otros gases, maldicen, aman el fútbol o algún otro deporte de cavernícolas, se idiotizan frente a la televisión y su mayor tema de conversación generalmente tiene que ver con ellos o con lo maravillosos que son o mejor aun, con lo maravilloso que sus amigos creen que son.

¿Y si fuera un complot? Yo creo que es un plan para que nosotras vivamos pensando en el famoso príncipe inexistente, como sea los cuentos de hadas se escriben por hombres: Los Hermanos Grimm, Walt Disney, Andersen, etc.. Mi madre en conjunto con el resto de los que forman parte del complot me han mentido.No me importa no encontrar al hombre de mi vida, no me importa quedarme sin príncipe azul, de hecho no me importa tener a uno de esos comunes, lo que en realidad me tiene molesta es que me acaba de salir una verruga en la comisura del labio, por andar besando sapos.

Por Pamela Peñuelas

El niño

Por Francisco A. Avila

Escribir sobre mi no es tarea fácil. Y no porque mi vida tenga algo extraordinariamente increíble que contar. O sea una historia con un grado de aburrimiento superior a lo conocido. Más bien es el hecho de que en realidad me conozca bastante bien, y tenga miedo de compartir quien realmente soy en estas líneas. Sin embargo, intentaré realizar una descripción honesta.

Empezaré por decir que soy un hombre con una personalidad en continua construcción, hay rasgos de ella que se definen claramente, uno de ellos, del que hablaré es el de un niño. Aún no pierdo la capacidad de asombro, aunque debo reconocer que a veces siento que ya no esta conmigo, cosa que es inevitable en una sociedad en la que la tele y los medios en general se encargan de aniquilarla poco a poco. Talvez por eso me encanten las historias fantásticas, vivir en esos mundos llenos de magia, a través de los libros o del cine, es algo que llena mi vida, que me relaja, me hace viajar, que me hace simplemente un poco más feliz.


El niño en mí es el que aún cree en el amor, en ese amor de los cuentos de hadas, en un amor limpio y puro donde se ama hasta la muerte; un amor que todo lo puede y todo lo supera. El niño me dice que no hay que perder la esperanza cuando la soledad se vuelve mi enemiga, me dice que siempre habrá un mejor mañana y que mi alma gemela esta ahí, esperando por mí.

Todavía soy un niño porque me niego a dejar el seno familiar, el cordón umbilical se ha convertido en cadena, y no soy sólo yo, mis madres también se niegan a dejarme crecer del todo. A veces creo que seré el típico solteron que vive con su madre hasta que alguno de los dos muere, uno viendo por el otro.

Sin embargo, igual que la capacidad de asombro, el niño de igual forma esta siendo aniquilado, poco a poco, paso a paso, esta dejando de existir. Talvez por eso escriba de él en primer lugar. Con el niño coexisten otros rasgos, otros matices que ayudarían a describir mejor a Frank, pero el espacio se acaba. Ya habrá oportunidad de desnudarme por completo, si algún día las musas y el valor para contarme a mi mismo quien soy llegan.

MACARIA FUCHI

Por Isaac Lugo

Cuando teníamos quince años a mi esposa Macaria le pusieron el apodo de la fuchi porque a todo le hacía fuchi. Así es, su mamá le preguntaba – Macaria, ¿quieres café? – Y entonces Macaria le contestaba -¡ay! No, fuchi, mejor una malteada -

Utilizaba la palabra Fuchi para decir que una cosa no le gustaba, que tenía mal sabor, algo que definitivamente no podía tolerar.

Macaria era una chica que por su condición social debía ser sencilla, por el contrario su delicadeza y poca modestia resultaban difíciles de complacer. Fuchi esto, fuchi el otro, fuchi aquello.

Sin embargo, su belleza celestial la hacía digna de ser una princesa, de vivir en un palacio, de cabalgar en los mejores ejemplares equinos por una hermosa pradera repleta de flores y un reverdecido pasto. A diferencia de ello, Macaria y yo vivíamos en una colonia popular del sur de la ciudad de México, en Copilco para ser preciso. Casas modestas, acogedoras sin duda, de aquellas que te brindan el confort de conocer a tus vecinos y como algunos le llamamos, ser del barrio.

Macaria no compartía del todo este sentido de identidad, decía que ella no pertenecía al barrio, a Copilco, -ni siquiera a esta apestosa ciudad- y en parte tenía razón en más de una cosa. Vivir en la ciudad de México no es precisamente lo más placentero que uno pueda imaginarse, lidiar con el tráfico diario, parecido al de un estacionamiento gigante que se mueve unos cuantos metros cada cinco minutos. Peor aún si, como yo, tenias que hacer uso del transporte colectivo, camiones deficientes, algunos incluso en mal estado, sucios y por si esto fuera poco, insuficiente, no había día que lograra encontrar un asiento vació, me conformaba con no tener que viajar colgado de la puerta y bueno, no todos somos capaces de vivir con esto sin quejarnos y Macaria se quejaba por todos nosotros y entonces decía: fuchi esto, fuchi el otro, fuchi aquello.

La inseguridad es el problema más grave que aqueja a la ciudad, asaltos a mano armada, extorsión telefónica, secuestro express; robo a puño cerrado, mordida policíaca, la frase marrullera de afloja o te madreo, préstame un varo, en fin podría hacerse un manual sobre delincuencia y exportarlo para uso de ladrones en el extranjero, mejor aún deberíamos exportar algunos cuantos.

La cosa es que Macaria fuchi como le decíamos, era la mejor crítica de la ciudad, de la mala comida, de los placeres vulgares para los que ella no había nacido.

- Que Macaria, ¿no tomamos una chela?

- Claro que no, ¿acaso me ves cara de tomar cerveza?

Bueno, de hecho Macaria ni siquiera tomaba, pero en ocasiones gustaba de deleitar algún dulce Brandy almendrado o Wisky con refresco de lima-limón, porque le sabía rico y la cerveza no, lo mismo que el café, simplemente no estaba dentro de sus gustos.

Algunas personas se empeñaban en fastidiarla cuando podían, le hacían burla de su apodo gritándole ¡Ahí va Macaria, fuchi! Pero pasó el tiempo y Macaria se fue de Copilco, ahora es la crítica de restaurantes más importante de México.

La ciudad no cambió, Macaria y yo, sí.

Una estrella

Por Francisco A. Avila


Deseo con toda el alma una estrella obsequiada por manos puras. Sólo para mí. Una estrella tan brillante que convierta el sótano lúgubre de mi corazón en un solárium lleno de girasoles.

¡Necesito tanto esa estrella! Necesito saber qué es amar.

« Artículos anteriores